El sector del aceite de oliva vuelve a vivir días de inquietud. No porque falte información, sino precisamente porque la información disponible exige prudencia, responsabilidad y una lectura serena del mercado. Venimos de unos años absolutamente excepcionales, con dos campañas muy cortas que redujeron la disponibilidad de aceite, tensionaron los mercados y llevaron los precios a niveles históricamente altos. Aquella subida fue brusca, sí, pero respondía a una realidad objetiva: había poco aceite.
Lo que resulta mucho más difícil de explicar es lo que ha venido después. Tras una campaña de recuperación parcial, pero lejos de poder considerarse una campaña larga o cómoda, los precios han caído con una rapidez que no guarda proporción con los fundamentos reales del mercado. Y cuando los precios bajan sin que el mercado lo justifique plenamente, conviene preguntarse quién gana con esa bajada y quién pierde.
Pierden, desde luego, los olivareros y las cooperativas. Pierde el territorio. Pierde la economía de nuestros pueblos. Pierde un sector que necesita cubrir costes, invertir, mantener empleo y garantizar futuro. Ganan quienes tienen como único objetivo comprar barato hoy, aunque eso comprometa la estabilidad de mañana.
El aceite de oliva no puede gestionarse a golpe de miedo. Tampoco a golpe de rumor, ni de previsiones interesadas. Los hechos de los últimos años nos han demostrado que anticipar campañas es un error. Nadie fue capaz de prever con exactitud la intensidad de la sequía, ni la caída de producción, ni la velocidad de la reacción de los precios. Y tampoco hoy deberíamos dar por hecho nada de la próxima campaña cuando aún queda mucho por decidir en el campo.
La situación actual exige cabeza fría. Los datos disponibles a 30 de abril muestran una producción acumulada de 1.294.590 toneladas, prácticamente el 100% de la estimación de campaña, y unas existencias totales de 863.340 toneladas. Pero esas existencias se están reduciendo. Las salidas acumuladas se sitúan en 869.790 toneladas, con una estimación de salidas pendientes hasta final de campaña que obliga a mantener ritmos importantes en los próximos meses. Es decir, no estamos ante un escenario que justifique regalar el aceite.
A ello se suma otro elemento preocupante: las operaciones que se están viendo en Poolred son, en muchos casos, testimoniales y un mercado tan importante como el nuestro no puede dejarse arrastrar por operaciones escasas, por ventas precipitadas o por referencias que no reflejan la verdadera dimensión del sector.
Datos objetivos
Objetivamente, los datos públicos tampoco avalan este nivel de precios, al confirmarse que hay menos aceite disponible del previsto en los aforos.
La distribución, que vende casi el 80% del aceite de oliva a nivel nacional, sostiene que las salidas de marzo y abril han sido prácticamente las mismas; es decir, se ha vendido lo mismo, pero de un mes a otro el precio ha bajado.
A la vez, los números del Ministerio reflejan un mercado activo: las salidas acumuladas a abril alcanzan las 869.790 toneladas, con 558.900 toneladas exportadas —un 4,98% más que en la campaña anterior— y 312.100 toneladas destinadas al mercado interior, en niveles ligeramente superiores a los de la pasada campaña.
Además, el balance europeo ha corregido a la baja la producción española hasta 1.295.000 toneladas y sitúa las existencias finales en 259.600 toneladas, en un contexto en el que Italia mantiene una producción muy inferior a su consumo interno y necesitará acudir al mercado para cubrir necesidades.
A ello se suma que los envasadores han incrementado sus reservas en el último mes ante la previsión de posibles tensiones y menor aceite disponible del previsto. ¿Por qué hacer acopio si los precios bajan?
Por todo ello, no se justifica de ningún modo que los precios estén por debajo de los del año pasado y mucho menos que sigan cayendo. Y, precisamente por eso, hay que lanzar un mensaje claro: quien tenga aceite no debe precipitarse. Defender hoy el precio es defender la próxima campaña.
Esto no significa no vender. Significa vender bien. Significa ordenar las salidas. Significa colocar aceite mes a mes, con criterio, con información y con visión colectiva. Lo contrario —vender a golpes, buscar el pelotazo inmediato o aceptar cualquier precio por miedo— solo conduce a debilitar al conjunto del sector. Y cuando el sector se debilita, después es muy difícil recuperar el terreno perdido.
Aquí las cooperativas tenemos una responsabilidad especial. Nuestra razón de ser no es especular, sino defender la renta de nuestros socios. No buscamos precios imposibles ni burbujas artificiales. Buscamos precios justos, que cubran costes, permitan rentabilidad y garanticen la continuidad de miles de explotaciones olivareras. Porque sin rentabilidad no hay relevo generacional, no hay inversión, no hay modernización y no hay futuro para el olivar.
Por eso es imprescindible avanzar en dimensión, concentración y disciplina comercial. Cuanto más atomizada esté la oferta, más fácil será presionarla. Cuantos más operadores vendan por separado, más débil será la posición del productor. Necesitamos estructuras más fuertes, mayor integración comercial y menos decisiones individuales tomadas al calor de la urgencia. El aceite debe venderse con estrategia, no con ansiedad.
El aceite de oliva tiene valor. Lo tiene por su calidad, por su origen, por su esfuerzo productivo, por su papel económico y social, y por lo que representa para Andalucía. Defender ese valor no es una opción: es una obligación.
Por eso, insisto en el mensaje: prudencia, firmeza y unidad. Quien tenga aceite, que no se apresure. Que no venda por miedo. Que no contribuya, sin quererlo, a hundir el precio. La próxima campaña se empieza a defender ahora. Y defenderla pasa por no malvender el aceite que tanto ha costado producir.
Cristóbal Gallego, presidente del Consejo Sectorial de Aceite de Oliva de Cooperativas Agro-alimentarias de Andalucía


